Jamás he admirado nada, pero sin embargo me he asombrado de muchas cosas en mi vida. […] Yo había tenido siempre la posibilidad de dar rienda suelta a mi asombro, de no dejar que nada ni nadie limitaran, restringieran mi asombro, pensé. Esa facultad no la había tenido Wertheimer jamás, en ningún sentido, pensé. Al fin y al cabo, a diferencia de Wertheimer que hubiera querido ser de buena gana Glenn Gould, yo no había querido ser nunca Glenn Gould, siempre quise ser solo yo mismo. Wertheimer, sin embargo fue siempre uno de esos que continuamente y durante toda la vida hasta llegar a una desesperación permanente, quieren ser otro, como tienen siempre que creer, más afortunado en la vida, pensé. Wertheimer hubiera sido de buena gana Glenn Gould, hubiera sido de buena gana Horowitz, hubiera sido de buena gana también Gustav Mahler o Alban Berg. Wertheimer no era capaz de verse a sí mismo como alguien único, como todo el mundo puede y tiene que permitirse, si no quiere desesperar, sea quien sea, es alguien único, me digo a mí mismo una y otra vez, y eso me salva. Wertheimer jamás había querido considerar esa áncora de salvación, es decir, la de considerarse a sí mismo como alguien único, para ello le faltaban todas las condiciones. Todo ser humano es un ser humano único y realmente, considerado en sí mismo, la mayor obra de arte de todos los tiempos, así he pensado y tenido que pensar siempre, pensé. Wertheimer no tenía esa posibilidad, por eso quería ser siempre solo Glenn Gould o simplemente Gustav Mahler o Mozart y compinches, pensé. Eso lo precipitó ya muy pronto y una y otra vez en la infelicidad. No tenemos que ser genios para ser únicos y poder reconocerlo también, pensé.

El malogrado, Thomas Bernhard. Traducción de Miguel Sáenz. Alfaguara, 1985.

Glenn Gould solo podía dar conciertos si lo hacía sentado en una silla que su padre había hecho para él. Continuó usándola toda su vida aunque la silla estaba totalmente desvencijada.

Inventó una docena de alter egos que usaba para hacer notas de prensa y cuñas de radio. Desde las voces y escritos del musicólogo alemán Karlheinz Klopweisser, del director británico Sir Nigel Twitt-Thornwaite o del crítico americano Theodore Slutz, todos ellos completamente inventados, ponía a caldo sus propias interpretaciones.

Un pivoteo de Félix fuentes