Los griegos, que se lo inventaron casi todo y que ahora parece que están dispuestos a inventarse alguna cosa más, entendieron que un poeta no podía ser alguien a quien el cerebro le funcionase como a los demás. Y no porque pensaran que un poeta debía ser un tipo especialmente listo (hoy diríamos genial y claro así van las cosas) si no, sencillamente, porque estaba como una regadera.

O al menos lo estaba de manera transitoria (lo que convertía el Estar en Parecer, distinción importante que le pone a uno interesantemente alejado de las instituciones mentales).

Y entendieron que lo que le pasaba al poeta era que durante el acto creativo estaba “poseído”. ¿Por quién? Pues poseído por los dioses y por unos en particular: las Musas. De este modo, el poeta debía empezar sus historias poniendo las cartas boca arriba y declarar de manera explícita que lo que iba a contar a continuación no era de cosecha propia sino fruto de un momento de alienación en el que su boca era una autopista entre este mundo y el de los dioses.

Y un día de mayo, hace 20 años en París, un tipo “poseído” decidió que lo mejor que podía hacer con un balón era meterlo en una portería que estaba colocada 50 metros más allá con un patadón que tenía más que ver con la frenología que con la física cuántica. Espero que ahora no vaya diciendo que lo hizo él…

Un pivoteo de Félix Fuentes