The Thin Veil ©Ben Cauchi


La única lógica que le asegura el éxito a un fantasma es la de su súbita aparición. Un flashazo en toda regla. Imaginemos… No hay nada y de repente, ¡zas! ¡lo inclasificable! ¿Qué era eso? ¿Tú también lo has visto? Codazos nerviosos, miradas estupefactas y el sudor frío recorriendo la espalda.

Vale, ya hemos cazado a uno. Si a continuación hablo de fotografía y digo que… “bueno, en el fondo su estrategia tampoco es tan distinta”, más de uno me tachará de oportunismo. Pero lo cierto es que realmente no es tan distinto. Y hago una llamada en mi auxilio. 

Los que han revelado una copia fotográfica en una cubeta supongo que recordarán esa primera vez en el que fueron testigos de cómo sobre un papel en blanco aparecía una tenue forma que poco a poco iba cobrando la densidad de lo visible. Allí también había codazos e interjecciones: ¡hala!¡rayos! (y también sus derivados menos aireables… ¡hostia!).

En cualquier caso se asistía a lo inesperado. Por mucho que a uno le hubieran contado lo que pasaría al poner en contacto un haluro de plata con la hidroquinona (que también tiene tela) el proceso sucedía en una trastienda a la que no teníamos acceso: el lugar de los procesos químicos; el Santo Grial de la lógica cotidiana.

Pero volvamos desde la prehistoria. El entorno digital no tiene demasiado tiempo de elegir atajos y menos los temporales. Un flujo optimizado que permite todo y asegura más imponiendo una sola condición: el azar se queda en la puerta. Como un sospechoso habitual. Y a su lado se queda también la mano. Sí, ya sabemos: nos lo dio casi todo. Pero hoy en día no es sino un despropósito erróneo. Si a alguien hay que culpar es a ella. El error solo puede proceder de la torpe ejecución manual de esa orden impecablemente diseñada en el cerebro. 

Lo dejaremos ahí porque las cosas están como están, la vuelta atrás no es ni sensata ni posiblemente deseable y la verdad es que no todo son nubarrones. Pero de alguna manera sí conviene recuperar formas de hacer pretéritas en las que la mano y el azar tenían un protagonismo mayor. 

El colodión húmedo es un proceso decimonónico. Ese momento en la historia de la fotografía, que en el fondo y siendo un poco mas certeros son muchos momentos, en el que era más importante que saliera algo en la foto que el qué salía, es decir que el proceso de hacer fuese más relevante que lo que se obtenía haciéndolo. Una forma de fotografiar que luego se recuperó en las vanguardias de los años 20, en las redacciones de Vogue y Harper’s Bazaar en los años 50 o en los chicos del grupo japonés Provoke a finales de los 60, actitud que de alguna manera ha tenido un recorrido más o menos subterráneo hasta hoy. 

Y en ese contexto es en el que proponemos este taller. Un proceso experimental que bucea en la mitología del laboratorio fotográfico y de las cámaras de gran formato; de los líquidos viscosos calentados con mesura y los tiempos reposados. Un proceso que crea imágenes que se convierten en objetos y objetos que muestran en su superficie imágenes. 

A Hedvig y a Pablo, dinamizadores del taller, les gusta mirar la obra de Ben Cauchi, un tipo del que aseguran que sigue lidiando con fantasmas. Esos que se alimentan a partes iguales de luz ultravioleta y de nuestras ganas de mantener la ilusión de verlos. Por si acaso (y también para demostrarnos a nosotros mismos que no todo ‘ha sido’).

Os dejamos un enlace para que podáis asomaros a la forma de trabajar de Ben Cauchi y a la magia del proceso.

https://www.youtube.com/watch?v=-v_3xFW7o0w

Podéis ver el programa del taller de colodión húmedo que os proponemos en este enlace: